
Cuando comienza la historia de Saphir, el Volcán Tok despierta.
Kazag lo había creado durante la preparación de la esfera y había colmado sus entrañas con una concentración extraordinaria de Inyección Ígnea, destinada a desencadenarse en aquel preciso momento.
Tok entra entonces en una erupción de una violencia inconcebible. De sus entrañas emergen los primeros Hijos de Kazag: los Primigenios, también conocidos como los Originarios. Salssa'el les concede la vida, como ordena el Mandato de la Vida, pero Kazag ha depositado en ellos algo que ninguna generación posterior poseerá de la misma manera: la capacidad y el conocimiento innatos de la Inyección Ígnea.
La fuerza liberada durante su nacimiento consume por completo el Volcán Tok. La montaña se desintegra y los propios Primigenios perecen durante la devastación.
Sin embargo, de los restos todavía ardientes de Tok, los Primigenios resurgen.
Al hacerlo, regresan desprovistos de la Quinta Esencia que Salssa'el había depositado en ellos al concederles la vida. Desde ese instante, su existencia deja de estar sometida al ciclo natural que conduce toda vida hasta Ínferis. Los Primigenios ya no pueden morir: se han convertido en seres inmortales, ajenos al destino que aguarda al resto de los seres vivos. Solo existe una excepción: un Primigenio puede encontrar la muerte a manos de otro de su misma estirpe. Cuando esto ocurre, su cuerpo queda reducido a cenizas y su existencia se extingue para siempre.
Tok jamás volverá a despertar y ningún nuevo Primigenio podrá volver a surgir. Los Originarios serán para siempre los únicos Hijos de Kazag creados directamente por su dios, los únicos nacidos del Volcán Tok y los únicos que, tras perder su Quinta Esencia, quedaron fuera del ciclo de la muerte.
Sobre ellos recaerá desde entonces la responsabilidad de perpetuar su especie mediante la Inyección Ígnea.
Sin conocimiento ni propósito, los recién nacidos cayeron en el caos. La violencia surgió de inmediato y comenzaron a matarse entre sí, sin comprender que estaban destruyendo su propia creación. Este periodo de destrucción no solo definió su naturaleza, sino que también estableció un principio fundamental: solo la fuerza o la extrema locura garantizaba la supervivencia.
Con el paso del tiempo, únicamente los más fuertes y vehementes lograron sobrevivir. Estos individuos no solo aprendieron a alimentarse y adaptarse, sino que comenzaron a hacer uso del conocimiento innato de la Inyección Ígnea, perpetuando así su especie.
Gracias a ello crearon nuevas generaciones, multiplicaron rápidamente su número y poblaron los volcanes de Urueh, región situada en el continente de Teokkis.
A medida que la supervivencia dejó de ser una preocupación inmediata, surgió una nueva necesidad: comprender el mundo que habitaban. Este cambio de mentalidad marcó el cierre de la etapa de caos y dio paso a una fase de exploración organizada.
Tras consolidar su existencia en la región de Urueh, los Hijos de Kazag iniciaron un periodo de expansión motivado por la curiosidad y la necesidad de asegurar su dominio. Este impulso los llevaría a descubrir nuevas formas de vida y a enfrentarse por primera vez a amenazas externas.
Impulsados por la necesidad de comprender su entorno, los Primigenios enviaron exploradores por todo Urueh.
Durante estas expediciones descubrieron que no estaban solos. El territorio estaba habitado por numerosas criaturas salvajes que pasarían a conocerse como las Bestias Autóctonas. Este hallazgo transformó su percepción del mundo y planteó una cuestión crucial: cómo relacionarse con estas nuevas formas de vida.
El descubrimiento de las Bestias Autóctonas generó temor entre los Primigenios, quienes inicialmente interpretaron su existencia como una amenaza directa. Como consecuencia, ordenaron su exterminio para asegurar la supremacía de su especie.
Sin embargo, este rumbo cambió gracias a la intervención de Ragther, quien propuso una alternativa estratégica: domesticar a las bestias en lugar de destruirlas.
Como resultado se detuvo la campaña de exterminio y surgió una coexistencia entre los Hijos de Kazag y las Bestias Autóctonas.
Esta decisión no solo evitó una masacre innecesaria, sino que fortaleció significativamente a los Hijos de Kazag, ampliando sus capacidades y preparándolos para desafíos más complejos.
El crecimiento continuo de la población, impulsado por la estabilidad alcanzada, llevó a los Hijos de Kazag a explorar las profundidades volcánicas. Allí descubrieron la presencia de los Jayans de Azorhan, a quienes denominaron los Huéspedes.
Ante esta amenaza inesperada, los Primigenios actuaron con cautela, organizando una campaña secreta para expulsarlos y evitando que su existencia se hiciera pública para no generar inestabilidad interna.
Aunque no lograron exterminarlos, sí consiguieron expulsarlos de Urueh. Este conflicto reforzó una lección clave: cualquier amenaza debía ser contenida antes de que pudiera desarrollarse plenamente.
Tras asegurar su territorio y fortalecer sus alianzas, los Primigenios consideraron que estaban preparados para expandirse más allá de Urueh. Esta decisión fue una consecuencia directa de su crecimiento demográfico y de la confianza adquirida en etapas anteriores.
Para ello aprovecharon una vasta red natural de túneles subterráneos que, atravesando las entrañas de Saphir, conectaban Urueh con el Archipiélago y las Penínsulas Volcánicas de Golothar.
Este avance permitió el primer contacto con las creaciones de otros dioses. Sin embargo, la experiencia reveló una realidad inesperada: se enfrentaron a enemigos mejor organizados y sufrieron grandes pérdidas.
Finalmente, se vieron obligados a retirarse a Urueh. Esta derrota evidenció una debilidad estructural: aunque numerosos y poderosos, carecían de la disciplina y organización necesarias para sostener una guerra prolongada.
Como consecuencia directa, abandonaron la expansión externa y centraron sus esfuerzos en fortalecerse internamente.
El fracaso de la colonización marcó el inicio de una etapa de transformación. Los Hijos de Kazag comprendieron que, para conquistar el mundo, primero debían perfeccionar su estructura militar y eliminar sus debilidades.
Como respuesta inmediata a las amenazas detectadas en etapas anteriores, los Primigenios organizaron las primeras Manadas de Urueh, encargadas de proteger el territorio.
Sus funciones incluían patrullar la superficie y el subsuelo, así como detectar amenazas externas antes de que se materializaran.
Este sistema defensivo garantizó la seguridad de Urueh, permitiendo que el resto de la sociedad se enfocara en su preparación militar.
Aprendiendo de los errores de la colonización, los Primigenios retomaron la expansión subterránea con un enfoque estratégico. En lugar de explorar sin preparación, comenzaron a construir infraestructura pensada para la guerra.
Se excavaron enormes corredores subterráneos que conectaban directamente Urueh con Golothar, diseñados específicamente para permitir el desplazamiento rápido de grandes ejércitos.
Estos corredores se convirtieron en herramientas clave para futuras campañas, asegurando movilidad y ventaja táctica.
Con el crecimiento masivo de la población surgió un nuevo problema: la necesidad de mantener la calidad de sus fuerzas. Para resolverlo, los Primigenios tomaron una decisión radical: enfrentar a sus propias tropas entre sí.
El objetivo era eliminar a los débiles y fortalecer a los supervivientes.
El resultado fue la formación de un ejército extremadamente poderoso, consolidando a las Manadas de Urueh como una fuerza militar dominante.
Al finalizar esta etapa, los Primigenios habían corregido las debilidades que provocaron su derrota anterior, quedando plenamente preparados para una nueva confrontación con el mundo exterior.
Con su transformación militar completa, las Manadas de Urueh estaban listas para regresar a Golothar. Los Primigenios preparaban una nueva campaña, esta vez al frente de un ejército masivo, experimentado y concebido para la conquista. Sin embargo, un acontecimiento inesperado alteraría sus planes.
Los dioses descubrieron que Salssa'el había quebrantado las Tres Leyes Divinas. Este acto alteró el equilibrio del mundo y obligó a las demás deidades a reaccionar.
En respuesta, Kazag convocó a sus hijos para una gran campaña militar. Como consecuencia directa de esta llamada aumentó la actividad volcánica y surgieron nuevas y más poderosas formas de Hijos de Kazag.
Las hordas comenzaron a movilizarse a través de los grandes corredores subterráneos excavados durante eras anteriores, avanzando hacia Caldara.
Su objetivo era claro: la Búsqueda de la Quinta Esencia.
De este modo, cada etapa previa —el caos que forjó su naturaleza, la expansión que reveló sus límites y la preparación que corrigió sus debilidades— convergió en este momento decisivo, dando inicio a un conflicto inevitable entre todas las creaciones divinas por el mayor poder conocido.