
Periodo de las Nak’Ly (0 años)
En los primeros días de Saphir, Kurgan contempló las tierras que debían pertenecer a sus creaciones y comprendió que su supervivencia dependería de asegurar su descendencia.
Para ello creó a veinte seres excepcionales: las Nak'Ly.
No estaban destinadas a conquistar territorios ni a combatir en nombre de su dios. Su cometido era mucho más importante. Ellas serían las grandes procreadoras de los Hijos de Kurgan, las responsables de engendrar a los primeros soimi y garantizar que la estirpe del dios del hielo pudiera crecer y perpetuarse generación tras generación.
Con el nacimiento de aquellas veinte Nak'Ly comenzó la historia de los Hijos de Kurgan.
Periodo Glacial (150 años)
Los Hijos de Kurgan nacieron entre el hielo y el mar. Para garantizar la continuidad de su especie, Kurgan creó a veinte Nak’Ly, las grandes procreadoras de los soimi, en la ciudad costera de Cinkor.
Sin embargo, aquel lugar resultó demasiado cálido para las creaciones del dios del hielo. Dos Nak’Ly perecieron poco después de su nacimiento y otras diez descendieron a las profundidades del océano en busca de aguas más frías, donde con el tiempo darían origen al futuro culto marino. Las restantes condujeron a los primeros soimi hacia los gélidos Picos de Kurgan, aunque dos de ellas también sucumbieron durante el ascenso.
Fue en aquellas montañas donde las Nak’Ly supervivientes encontraron el entorno perfecto para procrear. Allí comenzaron a extender la especie y a levantar los primeros asentamientos permanentes.
La sociedad primitiva, sin embargo, estaba regida por una ley implacable. Todo soimi que nacía con deformidades o debilidad era ejecutado para preservar la fortaleza de la raza.
Solo un malformado logró escapar a aquel destino.
Oculto durante años, el deforme sobrevivió en las sombras hasta asesinar a una de las Nak’Ly y antes de desaparecer pronunció una inquietante profecía: el día en que los soimi se quebraran como pueblo, un gran Heraldo surgiría para reunirlos bajo un único destino; si fracasaba, la especie desaparecería para siempre.
Aquella profecía sería conocida como Tur’Na’Kurg, el Heraldo de Kurgan, y marcaría profundamente el devenir de toda la civilización soimi.
Periodo de la Profecía de Tur’Na’Kurg (400 años)
Con el paso de las generaciones, la profecía dejó de ser un simple relato para convertirse en el eje espiritual de la sociedad soimi.
Una ferviente corriente religiosa ganó cada vez más influencia hasta hacerse con el gobierno de la raza. La propia capital adoptó el nombre de Tur’Na’Kurg, se levantaron templos por toda la cordillera y la ideología del futuro Heraldo pasó a ocupar el centro de la cultura soimi.
El crecimiento de la población obligó a buscar nuevas fuentes de alimento. Durante sus expediciones descubrieron a los humanos y comprendieron que podían convertirse en la principal presa de la especie.
Para sostener aquella nueva forma de vida fundaron la ciudad de Kurg’Anar, al sur de los Picos, y levantaron la gran fortaleza de Irguk, desde donde eran conducidos la mayoría de los prisioneros humanos destinados a servir como alimento.
Sin embargo, los siglos pasaban y el Heraldo jamás aparecía.
La fe comenzó a resquebrajarse.
Temiendo perder el control de la sociedad, los gobernantes crearon a los Ungidos de Tur’Na’Kurg, una orden encargada de perseguir a los impuros y mantener viva la devoción mediante el miedo. Paralelamente construyeron enormes arenas donde los humanos luchaban entre sí para entretener al pueblo y desviar su atención.
Nada de ello funcionó.
La frustración popular terminó transformándose en odio hacia quienes gobernaban. Los sacerdotes fueron acusados de haber provocado la muerte de una Nak’Ly y de manipular la profecía en beneficio propio.
Perseguidos por aquellos a quienes habían dirigido durante generaciones, los Ungidos desaparecieron de la vida pública y fundaron en secreto la ciudad oculta de Vuh’Nak’Tur, desde donde esperarían pacientemente el momento de devolver la profecía al centro de la historia.
Periodo de la Guerra de los Picos de Kurgan (300 años)
Tras la caída de los antiguos gobernantes, los soimi disfrutaron durante largo tiempo de una relativa paz. La abundancia de alimento y la ausencia de conflictos internos permitieron que la sociedad prosperara.
Pero la tranquilidad terminó cuando los humanos comenzaron a cambiar.
Durante el reinado de los Malakoy, los asentamientos humanos se fortificaron, sus armas mejoraron y los ataques sobre los territorios soimi se hicieron cada vez más frecuentes.
Ante aquella amenaza, los Ungidos de Tur’Na’Kurg abandonaron el anonimato y recuperaron parte de su influencia.
Convencieron a los líderes soimi de que la supervivencia de la especie exigía una transformación radical. Así nacieron las dos grandes corrientes marciales que definirían para siempre su civilización.
Por un lado surgieron los guerreros, maestros del combate cuerpo a cuerpo y de la fuerza física. Por otro aparecieron los hechiceros, dedicados al dominio del Hebrado, especialmente vinculado al agua y al hielo, y al conocimiento ancestral.
La guerra contra los humanos se prolongó durante siglos y desgastó profundamente a ambos pueblos. Aunque los soimi sobrevivieron, jamás recuperaron la unidad que habían conocido en el pasado.
Aquella fractura terminaría por dividir definitivamente a toda la especie.
Periodo de los Cultos (450 años)
Las heridas de la guerra acabaron rompiendo por completo la sociedad soimi.
Las Nak’Ly supervivientes quedaron repartidas entre dos nuevas facciones enfrentadas: Huram’Koll, dedicado a la hechicería, y Enur’Anar, defensor de la fuerza y del combate directo. Cada culto recibió dos procreadoras.
La quinta desapareció.
Había sido secuestrada por los Ungidos de Tur’Na’Kurg, que aprovechaban el conflicto para reconstruir silenciosamente su propio poder.
Los Picos de Kurgan quedaron divididos. Huram’Koll dominó el oeste mientras Enur’Anar ocupaba el este. Entre ambos territorios, los Ungidos consolidaron sus dominios ocultos, alimentando la rivalidad entre los dos cultos.
Las ciudades y poblados fueron abandonados y toda la población se concentró en dos enormes fortalezas perfectamente defendidas, una capital para cada culto. Las arenas donde antes combatían los humanos desaparecieron para dar paso a campos de entrenamiento, forjas y academias militares.
Solo Irguk permaneció compartida.
Mediante un frágil acuerdo, ambos cultos dividieron la ciudad mediante un gigantesco muro y establecieron dos corredores protegidos por los que comerciantes y granjeros humanos podían cruzar sin ser atacados.
Pero la paz nunca fue real.
Desde las sombras, los Ungidos organizaban incursiones disfrazándose como miembros del culto rival, alimentando el odio mutuo y prolongando una guerra que beneficiaba únicamente a quienes aguardaban el regreso de la profecía.
Periodo de la Tregua de los Cultos (100 años)
Tras siglos de enfrentamientos, ninguno de los dos cultos podía proclamarse vencedor.
Huram’Koll y Enur’Anar estaban exhaustos, la población había disminuido drásticamente y la extinción de la especie comenzaba a parecer inevitable. Sus grandes líderes pactaron una tregua inquebrantable para cesar las hostilidades y recuperarse durante un ciclo completo de cien años.
No obstante, la prosperidad alcanzada era tal que la tregua se prolongó diecisiete años más, hasta el descubrimiento de la Quinta Esencia.
Periodo de la Unión de los Vástagos de Kurgan (54 años)
En el año 1.417, el destino de los Hijos de Kurgan cambió para siempre.
Los dioses descubrieron que Salssa'el había quebrantado las Tres Leyes Divinas. Ante aquella revelación, Kurgan comprendió que había llegado el momento de fortalecer a sus creaciones y ordenó a las Nak'Ly engendrar nuevas formas capaces de asegurar su supervivencia.
Así nacieron los regors y los regoretes. Más pequeños que los soimi, pero mucho más numerosos, comenzaron a multiplicarse entre los Hijos de Kurgan. Sin embargo, en muy contadas ocasiones, de las Nak'Ly surgía algo completamente distinto: una gigantesca creación híbrida entre soimi y regor, una criatura de dimensiones y poder extraordinarios que recibió el nombre de Leviatán.
La intervención de Kurgan perseguía además otro objetivo. El dios del hielo pretendía que las Nak'Ly fueran capaces de engendrar nuevas procreadoras y aumentar así la capacidad de supervivencia de los soimi. El resultado, sin embargo, fue incompleto. Las nuevas criaturas eran considerablemente menores que las Nak'Ly y no podían desovar soimi, pero sí engendrar regors y regoretes. Los soimi las consideraron inferiores a sus procreadoras y las denominaron despectivamente Nak’Ryl. Los regors, en cambio, acabarían llamándolas Rhy’Naky.
La aparición del Leviatán sacudió los cimientos de la sociedad.
Durante siglos, la profecía de Tur'Na'Kurg había anunciado la llegada de un gran Heraldo que reuniría a los soimi cuando su pueblo se encontrara al borde de la destrucción. Para muchos, el nacimiento del Leviatán no podía ser una casualidad. Era una señal. El anuncio de que aquello que había sido profetizado tanto tiempo atrás comenzaba finalmente a cumplirse.
Los Ungidos de Tur'Na'Kurg supieron aprovechar aquel momento.
Su autoridad, debilitada durante siglos, resurgió con fuerza. Presentándose como los guardianes de la antigua profecía, lograron sentar bajo una misma voluntad a Huram'Koll y Enur'Anar y, junto a ellos, constituir una unión dirigida por los propios Ungidos.
Después de siglos de guerras, persecuciones y rivalidades, los tres cultos dejaron a un lado sus diferencias.
De aquella unión nació una única fuerza.
Los Vástagos de Kurgan.
Pero aquella unión no significó el final de los conflictos internos. Los regors, nacidos bajo el dominio de los soimi y convertidos desde sus primeras generaciones en servidores y esclavos, comenzaron a rebelarse contra quienes los consideraban criaturas inferiores. Finalmente, Raggarth se alzó contra sus amos y encabezó una revuelta que permitió a numerosos regors romper sus cadenas. Desde entonces sería conocido como el Liberador.
Raggarth comprendió que aquella libertad seguiría siendo incompleta mientras la continuidad de su pueblo dependiera de las Nak'Ly controladas por los soimi. Durante la rebelión, los Liberados consiguieron hacerse con varias Rhy’Naky y las trasladaron hasta Cinkor, la antigua ciudad donde habían nacido los primeros Hijos de Kurgan. Allí comenzó a establecerse una comunidad formada por regors y regoretes. Gracias a las Rhy’Naky, los Liberados pudieron por primera vez garantizar el nacimiento de nuevas generaciones sin depender de sus antiguos amos.
Para los regors, la llegada de las Rhy’Naky a Cinkor representó la posibilidad de construir un futuro propio. Para los soimi, en cambio, su pérdida constituyó una grave afrenta, pues aquellas criaturas habían nacido de sus sagradas Nak'Ly y consideraban que les pertenecían. La liberación de los regors abrió así una nueva fractura dentro de los Vástagos de Kurgan, incluso mientras la necesidad y la Profecía los obligaban a combatir bajo una misma alianza.
Durante los siguientes cincuenta y cuatro años, los distintos pueblos y cultos de los Vástagos mantuvieron su frágil unión mientras los regors aumentaban en número y nuevos Leviatanes aparecían de manera excepcional. La antigua profecía volvía a proyectar su sombra sobre los Picos de Kurgan, pero su cumplimiento todavía parecía incompleto.
Hasta que, en el año 1.471, llegó el momento de actuar.
Comenzó entonces la Búsqueda de la Quinta Esencia.
Convencidos de que la reciente aparición de los Leviatanes anunciaba el cumplimiento de la profecía de Tur'Na'Kurg, los Vástagos de Kurgan abandonaron los Picos de Kurgan y emprendieron la marcha hacia Caldara.
Allí buscarían aquello que consideraban necesario para alcanzar definitivamente el destino anunciado siglos atrás: el mayor poder que jamás había existido.
La Quinta Esencia.